Allí parado, zapatos de cuero en punta, jeans celestes clásicos,
camisa a cuadros, campera de cuero y con esa bufanda teñida del color del próximo
invierno, solo sintiendo el vacío atérmico que dejó la última brisa otoñal echada del lugar por la persona de medio tiempo. Otra mujer a la moda me acompaña y al otro rincón
se acoge un joven, a ambos les comento algunos de mis secretos con susurros que
navegan con las aireadas de la entrada y salida de la multitud.
Miles entran y salen sin notar mi existencia, simplemente se
dejan llevar por lo que la luz refleja en la superficialidad de mis prendas,
aunque simulan mirarme, me señalan, se acercan, solo hablan consigo mismos sin
más interés que preguntarse si algo de lo que poseo les serviría. Muchos entran
y salen, el tiempo pasa y usualmente te veo por aquí.
Recuerdo aquel día en que entraste, hasta puedo revivirlo despojándome
del sentido de aquí y ahora con solo
dejar de prestar atención a mi vista. Venías bailando de una fiesta de
disfraces y estabas sonriendo persistente, imposible no darme cuenta que eras diferente,
sobre todo cuando te acercaste, me miraste a los ojos y me hiciste sentir el
mejor bailarín aunque lo único que hacía era observarte, hablaste con alguien
del mostrador mientras acababas tu desayuno y te fuiste. Recuerdo que por un
momento intente moverme para abrirte la puerta olvidando todo sobre mi mismo.
El tiempo pasa y usualmente te veo por aquí. No sé por qué
escogiste mi tienda o tal vez el destino quería que de a temporadas el sol
iluminara la sala usando tus ojos y tus ocasionales lentes como puente, que los jazmines perfumaran
el ambiente con ese aroma infiltrado en tu cabello o simplemente ensuciar la
acera con las cenizas que parecen fabricar tus rojos labios antes de entrar. No
lo sé, pero el tiempo pasa y usualmente te veo por aquí. Alegre, sincera y vívida
tomabas todo lo de tu alrededor y lo convertías en una herramienta de diversión,
te probabas, presumías frente a mí y volvías a guardar. Cada tanto te
anteponías a mí, jugábamos tratándome del hombre que sería perfecto si se
hiciera real y de lo que nos haríamos si esa magia cobrara vida. Lujuriosos admiradores
mutuos, consumidores de notas musicales
inventadas sobre un pentagrama hecho de
sueños. Bailarines sobre nubes de expectativas que el viento desarma a diario.
Sensuales y paradisíacos cantantes de lo que nos gustaba escuchar. De a poco sentía que aflojábamos el yeso del que
estoy hecho, lo movíamos, amasábamos, deformábamos como plastilina y volvíamos a
armar. Actores intactos de duda que decidían vivir en su escenografía montada en
aventura.
A pesar de mi abrigo el frío es lo único que circulaba en mi
ser, pero el calor de tu aliento me empañaba, tus manos hurgaban la caricia de mis
texturas y tus labios me manchaban de la pasión impregnada en ese rojo. El frio comienza a cambiar de color. Sentía
como si mis prendas fueran un impedimento para respirar calor, y sentir tu voz
era lo único que me mantenía despierto en este sueño. Serios apostadores de su
ludopatía.
El tiempo pasa y usualmente te veo por aquí. Entraste
nuevamente con tu pullover negro y limpiaste tus botas en la entrada, hiciste
que me quitaran un chaleco, lo envolvieran y decoraran. Sonreías pero esta vez
no a mí y saliste corriendo. Te seguí viendo por la vidriera corriste a besar a
un hombre de carne y hueso y le entregaste mi chaleco. Un tiempo después viniste
acompañada por este hombre, a quien también reconozco, pues es uno de los miles.
Es temporada de verano, no sé si mi cuerpo es de yeso o
cenizas de un fuego que se intentó apagar con olvido, pero ahora esta rajado
por el frío. Te veo, no vienes a mí, pues él lo hace por ti. No entiendo por
qué, intento preguntar pero no me muevo, no entiendo por qué pero el tiempo
pasa y usualmente te veo por aquí.